David Torres

El escarnio hacia los migrantes detenidos, el maltrato físico, la tortura sicológica, tocamientos corporales inapropiados, el encierro. Son estas algunas de las características que definen ya el modus operandi de quienes están encargados de aplicar la política migratoria que se ha dictado desde la actual Casa Blanca.

Nada los exculpa, por supuesto, sobre todo porque los testimonios de ese y otro tipo de maltratos por parte de la Patrulla Fronteriza abundan, especialmente de quienes se han convertido en las víctimas preferidas del régimen: los menores migrantes.

Su vulnerabilidad los ha hecho más visibles en medio de una crisis humanitaria que se torna cada vez más definitoria de un gobierno que no parece dispuesto a dar marcha atrás en su cometido de detener algo que asimismo le aterra: el cambio demográfico.

De tal modo que utilizar tácticas disuasorias mediante la cultura del miedo deshumanizando a este tipo de migrantes —sobre todo mediante su estigmatización como “criminales”—, degradándolos hasta el punto de llamarlos “basura”, como relató un menor sobre el maltrato recibido en un centro de detención, hace que se prendan las alarmas en el ámbito de los derechos humanos, nacional e internacionalmente, pues el fantasma del terrorismo de Estado se vuelve a hacer presente en la historia humana.

No es gratuito que incluso ya la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Refugiados, Michelle Bachelet, se haya declarado “horrorizada” por la forma como se ha descrito y visualizado el trato denigrante que se le está dando sobre todo a los niños migrantes, que han tenido que dormir en el suelo, cuidar de otros menores, ingerir comida en condiciones insalubres, sin permitirles ducharse ni limpiarse los dientes, amén de recibir gritos, regaños y amenazas, en medio del peligro de ataques sexuales, todo un escenario de terror que empeora su precaria situación.

Aministía Internacional lo había dicho en 2018 con todas sus letras: la separación de los niños de sus padres y su posterior encierro en jaulas es, por supuesto, nada menos que una tortura.

Y no hay día en que nuevos testimonios de esta naturaleza vean la luz, como el más reciente reporte recogido por NBC News sobre las barbaridades que padecían los menores migrantes en un centro de detención en Yuma, Arizona, especialmente las niñas, una de las cuales contó cómo un agente la tocaba inapropiadamente, mientras este hablaba y reía ante la presencia de otros migrantes y agentes.

En efecto, la historia nos cuenta que la aplicación del terror hacia los menores ha sido siempre una herramienta de sometimiento hacia otros grupos humanos, e infligirles daño o separarlos de sus familias ha doblegado a más de uno.

Esta especie de “aparato teatral del sufrimiento”, como lo definió Foucault (“Vigilar y castigar”), parecía que le ayudaba al gobierno de Trump al principio, mediante amenazas antiinmigrantes como estrategia efectista entre quienes han creído en su mensaje, entre racial y xenófobo, como las redadas que ha anunciado reiteradamente.

Sin embargo, a la postre todo este escenario de terror antiinmigrante se está convirtiendo en su propia condena histórica ante los ojos de su nación y del mundo, pues ese “legado” de separación de familias migrantes, con especial énfasis en el maltrato hacia los menores, quedará para siempre como su estilo personal de gobernar, tan similar a la intolerancia.

Y de ese estigma, de ese sello maligno con el que incluso condena a su familia y a sus futuros descendientes, no lo salva nadie.