Maribel Hastings

En la lucha por el voto latino de Florida, y en específico el voto puertorriqueño de ese estado, hasta de “arroz” están hablando las campañas presidenciales.

En respuesta a un spot radial en español de la campaña de Donald Trump, donde una joven defiende a las empresas Goya con un acento y una jerga boricuas bastante exagerados —haciendo referencia al “arroz con gandules” y a cómo los demócratas están fuera de control o “al garete”—, la campaña del demócrata Joe Biden sacó otro spot de radio en español titulado “Arroz”.

En dicho mensaje, una mujer con acento y jerga boricuas más naturales hace referencia a dos de los temas de movilización para los puertorriqueños: el huracán “María” y la pandemia.

“Si los republicanos quieren hablar de arroz, pues hablemos del arroz con fondillo que ha sido la respuesta republicana a esta pandemia”, señala la mujer. Digamos que la expresión es una más delicada que la original, arroz con c.., que se usa para describir una situación caótica o desastrosa.

Y sobre la fallida respuesta del gobierno de Trump al huracán, agrega que “cada papel toalla que tiró Trump se sintió como una bofetada más al pueblo”. Y cierra diciendo que “en noviembre demostraremos que somos más y no tenemos miedo”, el grito de guerra de las manifestaciones del verano de 2019 en Puerto Rico que resultaron en la renuncia del gobernador Pedro Rosselló.

Yo agregaría que durante la presidencia de Trump los arroces con fondillo han sido muchos, y sus casi cuatro años de gestión, de hecho, podrían catalogarse de esa forma. Sin duda uno de esos arroces ha sido su mal manejo de la pandemia y la revelación de que desde febrero el presidente sabía cuán contagioso y letal era el Covid y se lo guardó, según él para no generar pánico. Pero es claro que fue para no lastimar su reelección.

Florida también ha sido escenario de varios de estos arroces, como la elección presidencial de 2000 entre el demócrata Al Gore y el republicano George W. Bush que terminó en la Corte Suprema de la nación que paró el recuento y declaró a Bush presidente.

Con sus tradicionales resultados cerrados y sus jugosos 29 votos electorales, Florida es siempre tema central de campañas y coberturas y, por lo tanto, también lo es la conducta del voto latino que hay que dividir por nacionalidades y preferencias. Y aunque el voto latino no es homogéneo, en Florida las distinciones son quizá más marcadas que en otras regiones del país por la diversidad de nacionalidades e intereses y porque los hispanos tienden mayormente a registrarse como no afiliados a ningún partido.

Ese “arroz con mango” es un reto para cualquier campaña. La semana pasada se armó un sal pa’ fuera por diversos sondeos positivos para Trump, uno de ellos la encuesta NBC/Marist, donde Trump aventaja a Biden en la preferencia del voto latino en Florida, 50% sobre 46%. Otros sondeos colocan a Trump cerrando la brecha con Biden en el condado Miami-Dade, que Trump perdió en los comicios de 2016 ante Hillary Clinton. Trump, como siempre, ha echado mano de un mensaje de miedo y esta vez el “cuco” es el “socialismo” que le achaca a los demócratas para granjearse así el apoyo de electores cubanos, cubanoamericanos, venezolanos, nicaragüenses y colombianos, entre otros. En 2016 Trump ganó Florida sobre Clinton por 1.2% del voto, unos 112,000 sufragios.

Biden debe mejorar sus índices entre los hispanos de Miami-Dade para competir efectivamente por el estado, a menos que compense sus pérdidas en el Sur de Florida con ganancias entre otros sectores, como quitando a Trump un porcentaje de apoyo de los hombres blancos o aumentando su apoyo entre los boricuas del Corredor I-4; y de ahí su spot “Arroz” para recordarle a los puertorriqueños las faltas de respeto de Trump durante los pasados años.

Ese voto latino de Florida, aparte de ser diverso, evoluciona, es cambiante. Si no, que lo confirmen las brechas ideológicas entre los cubanos y cubanoamericanos de diversas generaciones.

Aunque hay que analizar los resultados de los sondeos, tampoco hay que hiperventilar. Hay que tomar medidas y precauciones. Recordar que estamos en septiembre. Que los votantes latinos, como otros, a veces esperan hasta el último minuto para decidir por quién votar o incluso dicen que van votar por alguien y a la hora de la verdad lo hacen por otro. Entre los votantes latinos jóvenes quizá haya una tendencia a minimizar su apoyo a Biden, toda vez que, como en 2016, otros candidatos o candidatas eran sus favoritos.

Si algo nos enseñó el ciclo electoral de 2018 es que hay ocasiones en que no hay que subestimar el voto latino, sobre todo joven. Los sondeos hablaban de apatía, pero a la hora de la hora, y sobre todo en lugares como California, Texas y Arizona, ese voto joven latino contribuyó a triunfos y en algunos casos a cerrar la brecha entre demócratas y republicanos. Claro está, la campaña de Biden tiene que hacer su tarea, invertir adecuadamente y no dejar nada a la suerte, sobre todo no dar por sentado que el rechazo a Trump va a ser suficiente para que los latinos voten en las cifras requeridas.

Si suena complicado, como a revolú, es porque lo es. La lucha por los votos electorales es un complicado juego de ajedrez donde se suma y se resta buscando en sectores del estado y del país votos que compensen por lo que se pueden haber perdido en otros sectores.

Lo cual me trae nuevamente al spot radial de Biden sobre el arroz, porque si caóticos han sido los casi cuatro años de presidencia de Trump, todavía no sabemos qué nos deparará el día de la elección, el 3 de noviembre, si no hay resultados claros o si Trump declara, si pierde, que le han “robado” la elección. Eso sí sería tremendo arroz con fondillo.

Y si Trump fuera reelecto y tiene la oportunidad de intensificar y solidificar sus más nefastas políticas públicas, de moldear la Corte Suprema de la nación, de instituir como ha hecho hasta ahora, la persecución de sus críticos, y de sentirse reivindicado y con licencia para hacer lo que quiera, ya sabemos lo que tendremos de menú por otros cuatro largos años.